Ciudad Romana de Andelos en Mendigorría II

Festival romano de Andelos, magister romano con tablilla encerada y punzón

En el barrio de los artesanos se encuentra la fullonica, o lavandería, uno de los lugares que resultó más sorprendente para los asistentes de la visita guiada. Y la sorpresa procede de uno de los productos que utilizaban para lavar las togas: la orina humana. Quizás pensarás, ¡no es posible!, ¡qué asco!, pero haz el ejercicio mental de desprenderte de todos los conocimientos, cultura y tabúes que acumulamos desde aquella remota época. Lo que entonces era algo natural, como la esclavitud, ahora nos parece un hecho totalmente execrable. Y los olores intensos seguro que serían mucho mejor tolerados en una sociedad que mirada con ojos actuales era eminentemente rural, aunque vivera en ciudades, con trabajos que requerían esfuerzo físico, en la que los animales de carga eran una presencia cotidiana y donde todavía no se asociaba la higiene personal con la salud.

La orina actuaba como detergente porque contiene urea, que al descomponerse se convierte en amoniaco. Eso ya no nos suena tan raro, ¿no? Para recoger la orina ponían una tinaja en el exterior de la fullonica que hacía la vez de urinario público. En ciudades más populosas era habitual que la orina se recogiera en las letrinas públicas y se utilizara tanto en las lavanderías como en las curtidurías. Una vez la orina se hubiera transformado en amoniaco, se vertía en jofainas donde estaban las prendas a lavar y se mezclada con agua. Unos esclavos, que podían ser niños, pisoteaban las ropas para comenzar con el proceso de limpieza. El proceso era más complicado que lo aquí descrito, llegando a utilizar tierra de batán para absorber la grasa y azufre como blanqueante de la lana.

Pero no termina aquí la historia de la orina. El emperador Vespasiano (69 al 79 d.C), de la dinastía Flavia, se hizo célebre por una frase: “Pecunia non olet” (el dinero no huele), ya que puso un impuesto a la orina. Todo aquel que quisiera hacer uso de ella tenía que pagar una tasa, generando unos ingresos que no eran desdeñables para la administración del imperio, cuyos fondos se habían resentido por la guerra civil habida tras la muerte de Nerón en el 68 d.C.

Otra parada que resultó sumamente interesante, en especial porque la participación de los niños de Mendigorría la hicieron más real, fue la escuela elemental, lugar al que acudían niños y niñas de entre 6 y 12 años. Era una escuela obligatoria en la que el magister, o profesor, cobraba sólo la voluntad de los padres y enseñaba leer, escribir y contar con el método pedagógico de la letra con sangre entra. Estudiaban al aire libre, o en una calle porticada si hacía mal tiempo. Cada niño debía llevar de su casa su taburete y la tablilla encerada en la que escribía utilizando un punzón y borraban utilizando la espátula del otro extremo del punzón.

 

Pero no todo era estudio y memorización. Los niños también tenían un tiempo para jugar. Por aquella época ya se había inventado el yoyó, la peonza, los juegos de las tabas, el tres en raya, las luchas con espadas y escudos, incluso disponían de pelotas rellenas de plumas con las que jugaban pasándoselas con la mano.

En la visita también se habló de las campañas electorales de entonces, que no eran tan distintas a las de ahora. Se pintaban inscripciones en las paredes de las casas en las que se alababa las virtudes del candidato (el equivalente a nuestros carteles electorales), los candidatos iban casa por casa saludando a sus posibles votantes, o sea, los hombres libres (las mujeres no tenían derecho a voto). Se hacían acompañar por un nomenclátor, un esclavo cuya misión era indicar discretamente a su señor el nombre y principales datos de la persona que iba a saludar. Antes y ahora somos así, nos halaga que nos conozcan y nos llega más lo que nos diga alguien que se ha preocupado por saber de nosotros.

Sin embargo, lo que resulta verdaderamente asombroso acerca de las campañas electorales es que la estrategia de los asesores parece no haber evolucionado. Es de plena actualidad una carta que Quinto Tulio Cicerón dirigió a su hermano Marco, el célebre orador, filósofo y político romano, en la que le da consejos sobre su campaña electoral. Este documento se conoce como “Commentariolum petitionis”.

Aquí extracto algunos párrafos de una traducción realizada por el profesor Joaquín L. Gómez-Pantoja, de la Universidad de Alcalá de Henares.

“Debes procurar que estas elecciones resulten un gran espectáculo popular, con la mayor brillantez, esplendor y despliegue de medios que esté a tu alcance y que, de ser posible, se hable de todo lo infamante, ilegal, deshonesto o corrupto que pueda haber en la personalidad y en las costumbre de tus oponentes.”

“Tienes que procurar ser visto a diario rodeado por gentes de todo tipo, condición y edad, porque muchos inferirán de ahí la fuerza de tus votos en el día de la elección. Tu popularidad se medirá por el número de los que visiten tu casa, por la multitud que baje al Foro contigo y por la cantidad de gente que te acompañe a todas partes.”

“Es entre los que se sientan obligados hacia ti por algún favor previo, de entre los que esperan ganar algo contigo y, también, de los que brindan espontáneamente su ayuda, de donde procederán los colaboradores para tu campaña electoral, y hay que saber sacar el máximo provecho de todas estas personas”

“Como conducirse frente a las masas. Esto precisa de buena memoria para los nombres, de amabilidad, de presencia en la calle, de trato liberal, de publicidad correcta y de una buena imagen política. Lo primero requiere que hagas patente que eres capaz de conocer a todos y cada uno por su nombre y apellidos; como creo que esto es lo más grato y popular que puede hacer un candidato, debes ejercitarte y mejorar a diario esa práctica. Luego has de disimular tan bien lo que te disgusta que parezca siempre que estás a tus anchas; aunque tu cortesía es la propia de personas bien educadas, necesitas urgentemente aprender a halagar, algo que si bien puede ser despreciable en otros momentos, resulta esencial para una campaña electoral.”

Sin embargo, alcanzar un cargo político era un gran honor, por eso no todo se dejaría en manos humanas. Recurrirían también a los dioses haciendo ofrendas en los templos o buscando las indicaciones de los arúspices, capaces de interpretar la voluntad de los dioses en las vísceras de algún animal sacrificado.

¿Interesado en visitar Andelos? Más información sobre horarios y tarifas de la ciudad romana de Andelos

Comentarios

Fco. Javier Iturbide
15 julio, 2016
Me ha sorprendido muy gratamente encontrar en Twitter este magnífico reportaje de Andelos. Muy pronto lo visitaré de nuevo. Sacaré fotografías del Puente del Diablo.
Idoia Arteta
26 julio, 2016
Muchas gracias Javier. Justo unas fotografías del Puente del Diablo son lo que faltan a este reportaje. ¡Qué nombre tan sugerente! No sé porqué llaman así a la presa, no he encontrado una explicación. Por cierto, acabo de publicar un reportaje sobre Estella. Entre las referencias que utilizo sobre la judería de Estella menciono a J. Itúrbide Díaz, no se si es pura coincidencia de nombre o es usted.

Deja un comentario